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3. ¿El Diseño Debe Ser Más Humano? ¡Saberes Ancestrales!

Diseño regenerativo y buen vivir

Invitada: Diana Albarrán Gonzalez

En un mundo que corre detrás de la productividad, los títulos y las métricas, hay voces que nos invitan a detenernos, respirar y mirar hacia otro lado: hacia la comunidad, la naturaleza, la colectividad y el corazón. Una de esas voces es la de Diana Albarrán González, académica, investigadora y diseñadora mexicana que desde hace años ha venido desafiando la forma en la que entendemos el diseño, la educación y la creatividad.

En su paso por nuestro podcast Cordial Saludo, Diana compartió reflexiones profundas sobre el diseño regenerativo, el buen vivir y el rol de las comunidades latinoamericanas en imaginar futuros más justos. Lo que empezó como una conversación sobre su trayectoria terminó convirtiéndose en un recorrido lleno de aprendizajes sobre cómo el diseño puede ser mucho más que objetos: puede ser herramienta de dignidad, justicia y sanación.

Del diseño industrial al diseño para la vida

Cuando Diana pensó en estudiar, su camino no estaba claro. Dudaba entre arquitectura, bellas artes, diseño de interiores… hasta que descubrió el diseño industrial. Su madre, al leer el perfil de egreso, le dijo con certeza: “Esto eres tú”. Y tenía razón.

El diseño industrial le permitió unir su creatividad con lo técnico, lo práctico y lo versátil. Sin embargo, con el tiempo llegó una crisis: ¿realmente el mundo necesitaba 500.000 sillas iguales producidas en masa? ¿Qué pasaba con los impactos sociales, culturales y ambientales de esa mirada productivista?

De esa crisis existencial nació la semilla que la llevaría a repensar el diseño como un espacio para la vida, no solo para el consumo. Y en ese camino, el concepto del buen vivir se cruzó con fuerza.

Buen vivir: mucho más que un eslogan

El buen vivir —sumak kawsay en la tradición andina, lekil kuxlejal en lenguas mayas, küme mongen en mapuche, entre muchas otras expresiones— es una cosmovisión que entiende la vida como digna, justa y en comunidad.

Para Diana, acercarse al buen vivir no fue un ejercicio teórico, sino un trabajo colectivo con mujeres tejedoras y bordadoras de Chiapas, reunidas en la Colectiva Malacate. Con ellas aprendió que diseñar no era imponer formas occidentales de innovación, sino reconocer y acompañar lo que ya existía en los saberes ancestrales.

El diseño, entonces, no debía centrarse solo en lo “renovable” —como dicta la moda verde— sino en lo regenerativo: aportar, cuidar y devolver más de lo que se toma. Diseñar desde la dignidad, desde la justicia y desde las relaciones que conectan a las personas con su tierra y con su historia.

El corazón como brújula

En su investigación y en su vida personal, Diana aprendió a “corazonar”. Este término, heredado de la cosmovisión maya, nos recuerda que cuando hay dudas sobre qué camino tomar, siempre se debe elegir el que conecta con el corazón.

El corazón no entendido en clave romántica, sino como ese centro vital donde habita la fuerza, la rabia digna, la esperanza y la capacidad de resistir. Diseñar con el corazón es pensar en la vida antes que en la ganancia, en la colectividad antes que en el ego individual.

Y esa idea se conecta con lo que muchos investigadores en el mundo están proponiendo: un cambio radical en la forma en que entendemos la economía, la educación y la innovación. No se trata de competir, sino de colectivizar; no de producir en masa, sino de cuidar lo común.

Diploma o aprendizaje: la educación en cuestión

Una de las críticas más contundentes de Diana es hacia la obsesión de nuestras sociedades con el diploma. Familias enteras siguen midiendo el éxito en títulos universitarios, incluso cuando muchas veces esos títulos no garantizan ni aprendizaje profundo ni bienestar.

Lo paradójico es que, mientras tanto, comunidades enteras crean y transmiten saberes sin necesidad de diplomas. En Chiapas, por ejemplo, cocineras tradicionales fueron recientemente “certificadas” por chefs externos. Pero ellas mismas preguntaban con razón: “¿Quién puede certificarnos, si nosotras llevamos siglos cuidando estas recetas?”

El problema no es solo simbólico: muchas certificaciones, como las de comercio justo, resultan tan costosas que las comunidades no pueden acceder a ellas, reproduciendo desigualdades. Para Diana, la verdadera legitimidad viene cuando las certificaciones surgen desde la propia comunidad y responden a sus necesidades, no a parámetros impuestos desde fuera.

En sus palabras: la educación y el conocimiento deben dejar de ser un privilegio para unos pocos y convertirse en un espacio de reconocimiento colectivo.

Mujeres, tejidos y resistencia

Algo que atraviesa toda la trayectoria de Diana es el papel de las mujeres. Desde las tejedoras mayas que resguardan conocimientos ancestrales, hasta sus amigas, colegas y estudiantes que la han acompañado en sus migraciones, la sororidad ha sido un pilar fundamental.

En las comunidades mayas, por ejemplo, el telar de cintura —transmitido por la diosa Ixchel— es mucho más que una técnica artesanal. Es un cordón umbilical que conecta a la mujer con la tierra, con el maíz, con la vida misma. Tejer es un acto de resistencia, de memoria y de futuro.

Por eso, cuando Diana bordó la frase “Prefiero ser de maíz que de la costilla de un hombre”, no fue una provocación gratuita, sino una manera de reivindicar cosmovisiones donde lo humano no nace de jerarquías de género, sino de la complementariedad.

En un mundo marcado por desigualdades y violencias, estas narrativas no solo son alternativas: son urgentes.

Migrar, maternar y no rendirse

Diana también compartió un costado profundamente personal: su experiencia como madre migrante. Desde Singapur hasta Nueva Zelanda, con una hija pequeña y en medio de un doctorado, enfrentó retos enormes que muchas mujeres reconocerán.

Se separó poco después de llegar a Nueva Zelanda, cuando su hija tenía apenas cinco años. Hubo pausas, incertidumbre y el temor de no poder seguir. Pero también hubo becas, amigas que se convirtieron en familia, y una certeza: su hija la estaba mirando.

Ese ejemplo de resiliencia —luchar por los sueños, aunque duelan— es parte de lo que hace que su historia sea tan inspiradora. En sus palabras, lo que le dio fuerza fue recordar a sus abuelas: mujeres que también maternarán solas, que sacaron adelante familias enteras en medio de la adversidad.

Corazonar, otra vez, fue la clave.

El diseño como sanación y esperanza

Después de escuchar a Diana, es imposible seguir viendo el diseño como un simple oficio técnico. En sus reflexiones, el diseño es:

    • Una forma de sanar heridas coloniales.
    • Una herramienta para reconectar con nuestras raíces.
    • Un puente entre cosmovisiones indígenas y debates globales.
    • Un espacio para imaginar futuros colectivos, dignos y justos.

En un contexto donde el fast fashion inunda el planeta de desechos, donde el individualismo fragmenta comunidades y donde la educación muchas veces se reduce a títulos vacíos, la propuesta de Diana suena revolucionaria y necesaria: volver al corazón, a la colectividad y al buen vivir.

Una invitación a escuchar y a reflexionar

La conversación completa con Diana Albarrán González está disponible en nuestro podcast Cordial Saludo. Es un episodio lleno de ideas que remueven y de historias que inspiran, no solo para diseñadores o académicos, sino para cualquiera que quiera pensar en cómo vivir mejor en comunidad.

Diana nos recuerda que la creatividad no está en el diploma, ni en el objeto terminado, ni en la acumulación de logros individuales. La creatividad está en la curiosidad, en el cuidado, en el tejido invisible que nos conecta con los demás.

Porque al final, diseñar no es fabricar cosas: es diseñar formas de vivir.

Ahora te toca a ti: ¿qué significa para ti el buen vivir? ¿Cómo puedes corazonar tus decisiones diarias? Te invitamos a ver el episodio completo y a sumarte a esta reflexión colectiva.

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