¿Alguna vez te detuviste a pensar cómo fue tu infancia? No desde la nostalgia automática del adulto, sino desde la experiencia real que viviste como niño. Si te gustaba el colegio o lo odiabas, si te sentías libre, curioso, aburrido o contenido. A qué jugabas, qué te entusiasmaba y qué cosas te hacían perder la noción del tiempo.
Cuando crecemos, solemos mirar hacia atrás idealizando el pasado. Decimos que antes todo era mejor, que jugábamos más en la calle y que ahora las pantallas lo arruinaron todo. Pero muchas veces ese análisis no nace de cómo lo vivimos realmente, sino de la mirada adulta que construimos con los años, cargada de juicios, miedos y comparaciones.
En Cordial Saludo venimos conversando hace tiempo sobre creatividad, innovación, pensamiento crítico y curiosidad. Temas que hoy atraviesan la educación, el trabajo y la forma en que nos relacionamos con el mundo. Después de hablar con invitadas increíbles sobre educación, sentimos que era momento de volver un poco más atrás y hacernos una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué lugar le estamos dando hoy a la infancia y al juego en un mundo que cambia tan rápido?
Porque hay algo que conecta profundamente todos estos temas, y es el juego. Y hay algo que alimenta al juego de manera natural y poderosa: la curiosidad.
El juego como experiencia, no como actividad
Cuando hablamos de juego, solemos reducirlo a actividades concretas: jugar a las escondidas, saltar la cuerda, usar la Play o el celular. Pero el juego no es solo lo que se hace, sino desde dónde se hace. El juego es una experiencia que tiene que ver con exploración, disfrute y aprendizaje, incluso cuando no somos conscientes de ello.
Un adulto completamente concentrado en una actividad que disfruta, que pierde la noción del tiempo y se permite probar sin miedo, muchas veces está jugando sin saberlo. En ese estado aparecen ideas nuevas, conexiones inesperadas y una forma distinta de relacionarse con los problemas.
Por eso el juego está tan ligado a la creatividad. Jugar implica explorar sin un resultado garantizado, animarse a no saber y permitirse fallar. En una cultura obsesionada con la eficiencia y la respuesta correcta, jugar se vuelve un acto profundamente disruptivo.
Curiosidad y creatividad: una relación que no se puede separar
La curiosidad es el motor de la creatividad. Sin curiosidad no hay preguntas, y sin preguntas no hay ideas nuevas. Los niños preguntan no para quedar bien ni para demostrar inteligencia, sino porque realmente quieren entender el mundo que los rodea.
Esa curiosidad infantil no está viciada por el miedo al error, por la lógica adulta o por el “qué dirán”. Es una curiosidad genuina, abierta y libre. Y cuando aprendemos a escucharla con atención, no solo entendemos mejor a los niños, sino que también obtenemos pistas valiosísimas sobre el mundo que estamos construyendo y el futuro que se viene.
Escuchar la curiosidad infantil no es un gesto romántico. Es una herramienta poderosa para repensar cómo aprendemos, cómo innovamos y cómo nos adaptamos a la incertidumbre.
El problema de mirar la infancia solo desde la nostalgia
Muchas veces hablamos de infancia, educación y juego desde la añoranza. Desde el recuerdo idealizado de lo que fue y ya no es. Y cuando interactuamos con niños, solemos hacer siempre las mismas preguntas, casi de manera automática: cómo les va en el colegio, qué quieren ser cuando sean grandes, en qué se imaginan trabajando.
El problema no es preguntar por el futuro, sino olvidar el presente. En ese ejercicio constante de proyectarlos hacia adelante, dejamos pasar por alto algo fundamental: quiénes son hoy. Qué les interesa, qué los emociona, qué los frustra, qué los hace jugar durante horas sin cansarse.
Tal vez la información más valiosa no esté en lo que van a ser, sino en lo que ya son.
Creatividad, innovación y educación: un mismo sistema
A menudo hablamos de creatividad por un lado, innovación por otro, educación por otro y, más recientemente, inteligencia artificial como si fuera un mundo aparte. Sin embargo, la realidad es que todos estos conceptos están cada vez más entrelazados.
La llegada de la inteligencia artificial no solo vino a automatizar tareas, sino a obligarnos a hacernos preguntas profundas sobre qué significa ser humano, qué habilidades siguen siendo irremplazables y cómo vamos a aprender, trabajar y relacionarnos en el futuro.
En ese contexto, la creatividad, la curiosidad y el pensamiento creativo dejan de ser habilidades “blandas” para convertirse en capacidades esenciales. Son las herramientas que nos permiten adaptarnos al cambio, convivir con la incertidumbre y diseñar nuevas formas de estar en el mundo.
Cuatro razones para conversar en serio con los niños
La lógica adulta muchas veces nos limita
Durante años fuimos educados para la inmediatez, para encontrar la respuesta correcta rápido y para resolver problemas sin desviarnos del camino. El colegio, la universidad y el mundo laboral reforzaron esa lógica. Sin embargo, los procesos de innovación muestran una y otra vez que las mejores ideas necesitan tiempo, exploración y ensayo y error.
Los niños todavía no cargan con esa presión. Pueden explorar sin saber a dónde van y esperar sin ansiedad por llegar. Escuchar su curiosidad, sin intentar dirigirla, puede abrirnos puertas inesperadas, tanto en lo personal como en lo profesional.
Vivimos saturados de información y rutina
La sobrecarga de información y la rutina hacen que nuestro cerebro funcione gran parte del tiempo en automático. Repetimos recorridos, decisiones y reacciones porque eso nos da una sensación de seguridad. Pero ese mismo mecanismo reduce nuestra capacidad creativa.
La curiosidad y el juego interrumpen ese piloto automático. Nos obligan a prestar atención, a salir de lo conocido y a experimentar. Por eso hoy se habla tanto de bienestar, salud mental y creatividad: no son temas separados, sino partes de un mismo sistema.
Los niños exploran desde lugares que olvidamos
Los niños no necesitan el mismo control que los adultos. No necesitan entender todo antes de empezar. Exploran sin mapas, sin planes rígidos y sin miedo al error. Interactúan con el mundo desde una apertura que muchos adultos perdimos con el tiempo.
La buena noticia es que esa forma de mirar no desaparece, se adormece. Y puede recuperarse si aprendemos a observar y a dejarnos interpelar por la manera en que los niños exploran.
No hay que esperar a que crezcan para escuchar sus ideas
Escuchar a los niños no debería ser un ejercicio de evaluación del futuro, sino de validación del presente. Durante años nos enseñaron a enfocarnos en las debilidades y a corregir lo que “falta”. Pero potenciar lo que les gusta, lo que disfrutan y lo que despierta su curiosidad es una forma mucho más potente de acompañar su desarrollo.
Ahí hay talento, sentido y posibilidades reales de bienestar y éxito a largo plazo.
Escuchar a los niños también nos transforma a nosotros
Estas conversaciones no son solo para los niños. Son también para los adultos. Escuchar cómo piensan, cómo juegan y cómo entienden el mundo nos obliga a cuestionar nuestras certezas y a conectar puntos que muchas veces mantenemos separados.
La creatividad no es un concepto aislado. Es un sistema que atraviesa la vida personal, profesional y social. Aprender a ver esas conexiones también es una forma de creatividad.
Una conversación que lo pone en práctica
En Cordial Saludo decidimos llevar todas estas ideas a la práctica. Por eso, nuestro próximo invitado es un niño de 10 años llamado Tiago Méndez. Le encanta el colegio, disfruta aprender, tiene conversaciones profundas y hasta un emprendimiento propio.
Hablar con él no es entrevistar a un niño, es abrir una ventana a otra forma de ver el mundo. Si te interesan la creatividad, la innovación y cómo prepararnos para el futuro, esta conversación seguramente te va a dejar pensando.
Te invitamos a ver el próximo episodio en el canal de Cordial Saludo, a dejar tus reflexiones en los comentarios y a seguir siendo parte de estas conversaciones que nos invitan a pensar diferente.
Porque pensar diferente también se aprende jugando.
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